22 de diciembre de 2014

QUÉ MAL NOS QUEREMOS...



De mí no esperes respuestas. Ni mucho menos sentido. Ni muchísimo menos dirección. Así me va. Acumulo ya más finales de los que jamás he empezado. Comienzo a menudo por el final para no tener que enfrentarme tanto a mis principios. Y sonrío de tanto llorar. Y me enamoro sin quererme enamorar. Porque destruirse es como acariciarse: por muy bueno que seas contigo mismo, siempre hay alguien que lo hará mucho mejor por ti. Aunque sea porque llega adonde tú no llegarías jamás. Y es que nadie me hiere como tú.
Nos enamoramos y hacemos ver que nos da igual. Vayamos poquito a poco, no te vaya a soltar un “te quiero” demasiado pronto, no nos vayamos a precipitar. Como si esto que te sale del corazón fuese agua del grifo. Ahora lo caliento, ahora lo enfrío. Ahora le doy a chorro. Ahora gotita a gotita y no más. Y el día menos pensado se te olvida quitar la llave de paso y te encuentras flotando empapado en medio de tu propia soledad. Uno no elige cuándo ni de quién se enamora, como tampoco se puede elegir la velocidad.
Y así olvidé lo que nunca tuvimos, con la resaca de las copas que no brindamos, con las agujetas de no salir corriendo tras tus pasos, afónica de callar todo lo que no nos dijimos... Que triste ser feliz, si no es contigo.


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